Resumiendo experiencias ciclistas

Tras el triciclo, de pequeño tenía una bicicleta Cil, heredada de mi hermano, del que también heredé mi segunda bicicleta, una Torrot plegable con la que ya hacía caballitos, la soltaba para que fuese sola, escapadas…

 

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Mi adolescencia ciclista se vio truncada con el regalo de una Mobilette, que a los 16 años no podía rechazar, como tampoco un Mini a los 18.

No obstante, aún tuve una bicicleta antigua de estas grandes y negras con frenos de varillas que me regaló un amigo. Recién iniciados las años 80 ya era antigua, me gustaba muchísimo y a pesar de que me quedaba grande (tardé en crecer) corría como ninguna.

Tras la Mobilette, la bicicleta fue alejándose de mi vida – o mejor al revés – hasta el momento marital: viviendo en distinto municipio al del trabajo en muchas ocasiones ciclaba los más de 20 kilómetros de distancia y me sentía muy bien hasta que pudo más el domicilio que el trabajo y llevé el trabajo al municipio de residencia; ahí hubo otra separación con la bicicleta.

No obstante, algo de ciclismo hubo, me compré un cuadro de tandem casero y lo monté con piezas de otra btt. No estaba mal, más difícil de manejar pero la sensación era muy buena, divertida, pero no práctica para ciudad.

En 2008 me compro una bicicleta de esas polivalentes del mayor centro de deportes en España, y ese ha sido el inicio de una afición que ya nunca dejaré.

Ya en 2012 adquiero de segunda mano dos bicicletas. Una que estaba prácticamente nueva y la mía de regalo, todo por nada y menos. Esta es mi última adquisición, es una Rockrider 5.2 de 2007, modesta pero que cumple con todo lo que necesito. Le he dejado un solo plato, le he puesto horquilla rígida y una varilla de guardabarros a modo de portabultos. La tengo preparada para que sea sencilla, liviana, de fácil mantenimiento, poca posibilidad de avería, económica, duradera y apta para casi cualquier terreno.

Edito en marzo de 2015: desde hace unos meses, la Rockrider es ya una monomarcha con la que me muevo habitualmente.

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