Transnevada 2012

Han salido 481 kilómetros, siguiendo fielmente el recorrido oficial, con excepción de un tramo cerca de Trevelez en el que la pista está cortada y hay que ir por carretera. Ya hice el tramo el año pasado en mi ruta Benalmádena – Cabo de Gata por las Alpujarras siguiendo parte de la Transandalus, que coincide en recorrido en algunos tramos con la Transnevada. Por todo lo que me costó bajar a la carretera no quería volverlo a hacer porque cuesta arriba sería insufrible.

11.270 metros de desnivel acumulado positivo total.

Me han salido seis etapas (cinco días y medio).

Al final la autosuficiencia se ha reducido con la compra de comida dos veces, por temor al peso, que he cuidado mucho para este viaje, pues creo que es fundamental por lo duro del recorrido, sobre todo porque 4.000 calorías diarias (y útiles) pesan. No obstante el consumo calórico he perdido unos dos kilos. Me han ayudado mucho las moras y las almendras del camino.

Todo pista de tierra excepto un 5-10% de asfalto y un 1% a pie; todo esto calculado a ojo.

Por seguridad llevaba un teféfono y un GPS, sin cargadores ni pilas de recambio (por peso); de hecho las dos cosas las llevaba por seguridad, porque con las señales, mapa y pseudorutómetro oficial es suficiente en la mayoría de las ocasiones. Sólo abrí el gps para comprobar ruta en puntos dudosos. Tanta y tan precisa señalización me gustó al principio, pero ya el primer día eché de menos el buscarme la vida con el mapa, la intuición, y las preguntas a los lugareños. Dormía con tienda, sin saco, allí donde terminaba, procurando respetar las normas del parque en la medida de lo posible. Todas las noches tuve cobertura para mandar a mi mujer un sms con mis coordenadas.

Track completo

Día 1

Llego tarde al lugar de partida, Güejar Sierra, tras hora y media desde Benalmádena. Aparco el coche milagrósamente en buena calle y con un gran árbol que proporcionaría sombra la mayor parte del día. Empiezo con una fuerte subida por asfalto que rápido queda compensada por las vistas de los mejores picos de la Sierra como Alcazaba, Mulhacén y Picón de Jerez, primera y única jornada de vistas nítidas, ya que el resto de días fueron de bruma “abrumante” (valga el “rebuznamiento”) que provocó que hiciese muy pocas fotos, y que por otro lado habrían quedado de pena con el móvil, que es lo que tenía (por peso). Pues eso, vistas preciosas, primeros aromas, al aire, la soledad, ese tú y yo con la naturaleza que nos encanta a los medioermitaños frustrados. En parte fue una evocación de una ruta a pie que hice en junio desde Güejar Sierra a los Lavaderos de la Reina con el superandador Antonio, un gran rutero de pie… justo en pleno deshielo, una maravilla de ruta.

El deshielo contrasta con lo que sentí este primer día bajando dirección al pueblo de Lugros. Tuve que aminorar la marcha en un largo descenso no por el mal estado de la pista sino porque me quedaba sin carrillos. No es que agobiase el calor, sino que literalmente me estaba quemando la cara, me dolía.

Sólo este día me encontré con alforjeros… se nota que es agosto, aunque supongo que si hiciera la ruta en sentido contrario al oficial sí que me habría encontrado más gente. Iba hacia Lugros más de los 40º (eso seguro) y me encuentro con tres cicloturistas bajo uno de los pocos árboles no frondosos del lugar y junto a una tubería de agua de PVC que perdía un poco; se estaban refrescando la cabeza.

Iban por el norte de la Sierra hacia el Cabo de Gata, una clásica para ellos, ruta parecida a la que hice el pasado verano pero por la vertiente sur en la que por cierto me encontré sorpresivamente con Pi y Bitelchus. Ya en Lugros íbamos a tomar café, pero con el calor no había nada abierto… a proseguir.

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Creo que el pueblo de Polícar

Lo mejor del día la mañana, la tarde fue tan calurosa que tristemente hizo que no disfrutara tanto del paisaje. Finalizo con larga ascensión que entre sombras y tras pinchar (única vez) busco el mejor sitio disponible. Dispongo de agua para cena, desayuno y otro litro para el día siguiente, y si no a potabilizar con lejía cualquier cosa húmeda a la que me acerque (es un decir). Me pongo a pensar en los incendios, pero consigo borrar esa imagen. Es la única vez que siento cierto temor en toda la ruta, bueno no, el segundo día tuve otro temor que se convertiría en penoso acompañante del resto de los días, que ya contaré.

Envío coordenadas a la familia y a dormir en la profundidad de lo inmenso. No sé si las coordenadas podrían tener efectividad en su caso, pero supongo que es un punto de partida si algo pasara.

Siento no insertar más y mejores fotos, pero ni soy de hacer muchas ni llevaba cámara, sólo móvil de gama baja.

Día 2 (partes de la etapas 2 y 3 oficiales).

Recién amanece salgo muy temprano, la soledad y la paz son inmensas. Subidas pero con fresquito y todo bosque con sonido suave del viento, pasan jabalíes por delante con casi el mismo susto que yo al verlos. Corzos (o lo que sean, que yo no entiendo). Paro en la unión de las etapas 2 y 3 (que curiosamente no acaban en pueblo, como otras de la Transnevada), hay una cabaña de estas envejecida, sin techo, y paro a mirar un cartel indicativo de las etapas. Oigo ruido en la cabaña, suena como algún animal, pero pasa un minuto o dos y no sale nada, por lo que pienso que el animal no sale porque sabe que estoy ahí. Entonces cojo el móvil y digo, vale, voy a ver si consigo hacerle una foto desde encima del muro, y justo al irlo a ejecutar, cuál era mi sorpresa cuando sale un ciclista con su bici. ¡Qué contrariedad! Lo primero que pensé es lo raro que era que habiéndome oido (seguro) no hubiera salido antes, no sé, lo encontré de sopetón un poco huraño, pero rápidamente comprendí el motivo de su callada. ¿Cuál iba a ser el motivo si no? Y yo que casi le hago una foto. Menos mal que no me dio tiempo a pasar la cabeza por encima del muro con el móvil en la mano. ¿Qué hubiera pensado? Bueno, con este ciclista barcelonés – que venía de Aldeire, un pueblo cercano – estuve un rato hablando y seguimos nuestros cruzados caminos.

El fresco acabó dejando pasar otra vez al aire caliente del día anterior que continuó toda la jornada. Al descansar a medio día por la altura del sol y la flama de viento consigo alcanzar un grupo de varias encinas que hacen medio sombra, era lo mejor que había, y continuar era acabar con el agua (y mi resistencia). Y aquí llega el temor al que me refería en la crónica del día 1 y que me acompañaría desgraciadamente ya todo el viaje.

Resulta que tenía la bici tumbada hacia la izquierda, mi pierna derecha junto al plato grande y pretendía pasar por encima. Como quiera que tras la bici había un montículo necesitaba tomar cierto impulso, y claro, al impulsarme para llegar encima del montículo hice palanca con mi tobillo entre el suelo y uno de los dientes del plato grande y dije, jo..r, otro añañazo en la espinilla (en realidad era justo encima del tobillo). Mi sorpresa llegó cuando al mirar la pierna veo como de sopetón sale un chorro de sangre de unos 3 mm de ancho que circula como si de la comisura de un vampiro se tratare. Toco y el diente (el de ola bici, no del vampiro) había penetrado todo lo que podía hacerlo, haciendo un siete como de tres dedos por uno, dejando una lengua o filete (quizá esta palabra sea más descriptiva) con grasa polvorienta en su interior. No es que me asustara la herida en sí, es que pasaba el tiempo y aquello no dejaba de fluir, ya hacía un charco, cuarenta y tantos grados de temperatura, las avispas y moscas merodeando el festín. Ese derroche incesante si me preocupaba porque no sabía cortarlo. Ya pensaba en subir la pierna, en el torniquete o qué sé yo.

Al fin me serené, cojí la miniesponja de aseo y agua y a lavar el filete, aunque no conseguía eliminar toda la grasa que se me pegó a la carne y sobe todo a la piel, ya que el comienzo del corte no fué limpio, sino desgarro (de ahí que se hiciera el siete). Una vez limpia (o casi) la herida no cesa el fluir, pongo Betadine a discreción y tomo dos tiritas para intentar hacer de puntos (al poner el filete en su sitio la raja era muy ancha, como pasa en la frente y en zonas de poca carne) y lo conseguí más o menos. ¡Hurra! Aquellas dos heroicas tiritas habían sellado más o menos y ahora no salía tanta sangre. La verdad me alivié mucho, aunque dudaba de la adherencia de las tiritas sobre la piel, medio sucia, con betadine, pelos y sobre todo sangre. Gracias a Dios no me hizo falta recurrir al plan B (tirita a lo bestia: papel higiénico con cinta americana).

Comenzó la cicatrización, esperé dos horas bajo aquella sombra que ni era sombra ni era nada… quizá el calor me ayudó en la operación. Pensaba que los bichos se irían a revolotear al charco ya pastoso, pero nada, no me dejaron.

La prueba definitiva de pedalear funcionaba, aunque lo difícil sería mantenerla sin abrir y resguardarla de polvo y sudor. Este último es el temor que he mantenido hasta el último día, la posibilidad de infección o tétanos.

Por la noche busco sitio para plantarme, limpio la pierna mugrienta y levanto las tiritas con extremo cuidado; estaba perfecta, sin abrir. Tenía que elegir entre curar otra vez o dejarla por si el Batadine la abre. Decido curar y efectivamente se abre al contacto del líquido (la cicatriz ya será más ancha), nueva tirita que ya quito al día siguiente sin curar hasta la llegada a casa. Mantener la herida seca de sudor sería mi mayor preocupación durante el resto de viaje.

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Ese día no tenía ganas de fotos, pero esta es la bruma que ha cubierto Sierra Nevada todos estos días.

La noche me compensó con un cielo increiblemente bonito e inimaginable para los curtidos en ciudad.

Día 3 (parte de etapa 3, la 4 y parte de la 5).

Mucha subida tempranera, tranquila, fresca y con menos bruma… no cuesta subir así, un gustazo de bosque. En un cruce de caminos encuentro a Miguel, un ciclista de Ohanes que me acompañó una parte de la ascensión hasta los 2350 metros. Intercambiamos muchas impresiones, sobre todo de la zona, su pistas y senderos, de los cuales ha participado en la creación del sendero Sulayr de Sierra Nevada (300 kms por Sierra Nevada). Nos despedimos en otro cruce de pistas, me da el agua de su bidón y me dice algo así como “aquí estoy”… encantador.

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Es el mejor día de todos, sin duda, viajando algo más lento (por querer) siempre sobre los 2000 metros, miradores, fresco de cumbres, maravillosa la sensación de sentirse alto… la cara negra es, como siempre, la bruma. Me impide ver las elevaciones que hay entre Sierra Nevada y el mar, el propio mar y los desperdigados pueblecitos alpujarreños.

Empiezo a bajar hasta que topo contra la carretera, justo en el puerto de la Ragua, cierta civilización, descanso de rutas, y un alemán que me viene a hablar de bicicletas – ¿cómo no? siendo alemán – me cuenta que ha recorrido su país de cabo rabo y le hago saber mi “envidia” por cómo está el tema de la bici en su país. Empieza a gotear y ya pienso en fabricarme una polaina para mi pierna derecha; sería un trozo de bolsa de plástico con cinta americana, previa depilación con la propia cinta para mejor estanqueidad. Finalmente la cosa se quedó ahí y la polaina en la mente. Sigo encontrándome más trabajos forestales de mantenimiento, muy abundantes, con ese olor a madera que tanto me droga. Veo paisajes de abetos entre nieblas, la pista con mucho polvo, ahora moteado por el goteo anterior que me regala ese olor de primera lluvia.

Este día se hace tarde pedaleando y tardo un poco en encontar sitio para plantarme hasta que lo consigo. A primera vista me quedé parado y un poco perplejo; era un círculo quemado dentro de un bosquecillo. Su forma redonda, sus palos quemados, suelo negro, unas rocas dispuestas de manera caprichosa y sobre todo unos palos hincados en tierra, muy separados y con pintura en la parte superior … se me vinieron a la cabeza esos lugares en los que hacen sacrificios nocturnos entre llamas y cánticos lúgubres. Jeje. Imagino que fue un rayo o algo así.

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Alrededor de los 1900 metros de altitud y esa noche pasé frío. Hice lo que pude, me puse toda la ropa, – limpia y sucia – , los guantes, gorro, los dos pares de calcetines, zapatillas. Llevaba sólo un polar gordo que no fue suficiente. Recurrí después a la pequeña toalla de secado rápido; sólo 40 x 60 cms. que hicieron su trabajo: me la puse por toda la cabeza, incluida cara, y oye, al tapar la única parte sin ropa noté la diferencia. No se me quitó el frío, pero mejoraba, y reconfortaba mi propia expiración rebotando en la toalla. Finalmente la postura fue lo que me llevó a una temperatura en la que ya pude dormir. Sí, la postura influye: esa noche comprobé “científicamente” que dormir de costado hace subir la temperatura corporal. Cambié muchas veces de posición; boca abajo, boca arriba, estirando y encogiendo … y siempre al poco de colocarme en alguna de las dos posturas de costado y con las piernas a medio encoger y brazos pegados al cuerpo notaba la diferencia… ya podía dormir. Ahora comprendo porqué de pequeñuelos al meternos en una cama fría nos ponemos instintivamente de costado. No creo que sea el descubridor de esto (jeje), pero sí que me lo enseñé a mi mismo.

Día 4 ( parte de la 5 y la 6 oficiales).

Olor a madera. La verdad, la impresión que uno se lleva de la sierra es que la cuidan, se ven árboles recién plantados o jóvenes, limpiezas, mantenimiento de curvas …
En Juviles me acerco a un consultorio y cerrado, me remiten a otro pueblo; no iría. De aquí a Trevélez por carretera, que también conocía en sentido contrario por la ruta del año anterior; tramo rompepiernas.
Entrando en Trevélez me partí de la risa. Iba despacio subiendo la cuesta de entrada al pueblo cuando una madre, señalándome con el dedo, le dice a su hija pequeñita “mira un hippie”. ¡¡¡Jajajaja!!! No es un error de escritura, era la madre la que le decía a la hija y no al revés.
Bueno, es que me pilló de sorpresa; nunca hubiera imaginado que me llamasen así. No sé si por la barba de varios días, la bici y alforjas ya muy polvorientas o quizás el gorro que me alivia, pero eso es lo que le parecí a la señora que no apreció la malla corta y la camiseta técnica y zapatillas de running. Bueno, haré examen interior, porque a veces uno no es lo que cree sino lo que los demás ven.

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Señal de la Transnevada
Aquí un hippie del camino
Aquí un hippie del camino

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Pintura rupestre en la última subida

Por corte de pista e imposibilidad de paso llego a Pórtugos por carretera, donde llega la hora de verdadero calor que invita al cobijo, descanso y alimentación. Paro junto a una ermita con manantial de aguas ferrosas, sitio al que se acercan turistas de las Alpujarras, y siempre dicen dos frases (más o menos): “qué peste” al oler y “qué asco” al probar el agua … o eso espero, que igual se referían a mi aromatizada desodorización progresiva. Jeje.

Como todo sitio turístico, allí estaba el minichiringuito con forma de kiosko de helados y unos “cincuentañeros” (no me gusta la otra palabra) con barbas tipo zz top, pero menos roqueros y más entre árabe y rural, no sé si me explico. Emblemas de la hoja de marihuana y mesa de rastrillo y venta ambulante. Bueno, para completar no podía faltar la música a tope de Jetro Tull: estuve varias horas disfrutando de la fresca que me daba un plátano de sombra y en todo ese tiempo no dejó de sonar a toda pastilla el rock característico del grupo inglés. A mí no me importó, todo lo contrario, hace a años (yo casi “cincuentañero”) me encantaban, y sin ir más lejos estuve el mes pasado en Córboba viendo su concierto; pero comprendo que si se pone a toda caña y durante varias horas para la mayoría resulta insoportable… no sé qué pensaría la señora del minichiringuito-kiosko.

Nubes amenazantes y truenos cercanos por la parte norte de la Sierra y dudo si atravesarán los picos y llegarán a la parte sur. No ocurrió, por lo que tampoco salió la polaina de mi cabeza. Subo desde el pueblo por camino hacia la pista cortada, enlazo, llaneo y bajo con vistas del valle de los pueblos más turísticos de Capileira, Bubión y Pampaneira que conozco sobradamente por lo que sólo transito por ellos para más tarde tomar pista dura y prolongada hasta mi descanso. Mi primera conducción nocturna, sin frontal, sin ver, pero llegué.

El siete sigue seco y con buena pinta.

Día 5 (final de la etapa 6, la 7 y comienzo de la 8 oficiales).

Día más duro. Cuestas empinadas de arena y piedras que dificultan mucho la tracción y merman la efectividad del pedaleo.

La piel que cubre un centímetro y medio alrededor de la herida se ha vuelto blanquecina, el tobillo se ha inflamado. No pasará nada si no se abre porque mañana estaré en casa.

En las casas de Tello me hago un pequeño lío porque la estaca indicadora dice una cosa y el track otra. Y esta comprobación que hice con el gps fue porque el primer día de ruta uno de los viajeros que iban al cabo de Gata me dijo que hizo la etapa 7 y fue muy dura y que en casas de Tello erró el camino y el dueño de la finca no le quería dejar pasar. Pues tras sondear ambos senderos (que se hacen a pie) resulta que el track era el que estaba bien y la estaca estaba girada… no quiero pensar mal, ha podido ser un fallo de su plantador.

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Secuoya quemada por una pareja de señores mayores extraviados que querían hacer señales de socorro (esto me lo dijo al día siguiente Elena, de la que hablaré).

Desde Dilar las rampas eran imposibles, ni el tramo de asfalto ayudaba. Conseguí hallar a un lugar decentemente oculto, plano y resguardado del viento. Era mi última noche y sentado en un claro de bosquecillo vuelvo a recrearme en el paisaje, las sombras, la brisa, la luna, los pueblos lejanos en ambar … momento meditativo.

Y día 6 y último (etapa 8 oficial).

El color blanco y la mayor parte de la hinchazón han desaparecido.

Andaba yo escaso de agua, me esperaban dos buenas subidas y mi última oportunidad de repostar era una zona de chalés que la verdad chocaban con tanta vida rural. El problema consistía en que eran las siete y pico y sin nadie por ahí o comenzaba la primera subida sin casi agua (por el fresquito) y luego se vería si pillaba agua, o tiraba con la que tenía. No tuve que elegir … en la última casa se encontraba un señor en la puerta de su casa regando la acera con una manguera. Sólo faltó que en vez de manguera portara una jarra de zumo de naranjas recién exprimidas.

La primera ascensión preciosa, un valle cerrado y zigzagueante, subida dura pero fresca y disfrutada. Bajada prolongada hasta el río (finalmente había agua), donde no tengo más remedio que parar a refrescarme, comer y descansar mientras se relaja este pesado calor. Otra vez tan intenso que ni en el río bajo los árboles había microclima… pienso que podría ser por la pared que se erguía muy cerca y que haría resol.

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Tras unas horas puedo salir y comienzo mi última ascensión, muy dura al principio hasta que en un cruce me encuentro con Elena, una ciclista de Granadabike, quien curiosamente había planeado con su marido hacer la Transnevada en agosto y no pudo por cuestiones logístico-parentales. Superamable, me sirvió de guía el resto del camino al ser gran conocedora de la zona y hasta el mismo coche me acompañó; hizo una foto de mi montura (tenía ilusión de enseñarla a su marido con todo ese polvo y sudor acumulados que daban fe de su curtida andadura. Es un lujo acabar casi escoltado.

Detalle curioso. Ningún accidente (montado) y justo al darle la vuelta al coche en la calle sin salida, ¡ploffff! culetazo a un muro de piedra que no estaba. Ni salí del vehículo; seguí en dirección Benalmádena sin coger la autovía, tomé las carreteras secundarias, con sus paisajes, sus incursiones en los pueblos, su tranquilidad y me recordó mucho cómo eran antes las cosas. El viaje duró tres horas en vez de la hora y media de autovía, y mereció mucho la pena. Fue como despedirme de un mundo distinto a su manera, sabiendo que volvería.

Ya en casa, médico, antibiótico y recordatorio de antitetánica.

Esta la repito.

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