Granada-Alhama de Granada-Málaga.

Ruta hecha los días 6 y 7 de diciembre de 2014, en compañía de Miguel, Tere, Daniel y Javier. 155 kms recorridos con un total de 1628 metros de desnivel positivo acumulado. La bicicleta, a la que acabo de dar nombre – Modesta – ha ido con el portaequipajes de varilla y en single speed con un 34-15, resultando muy adecuado para los llaneos y pendientes que hemos transitado, habiendo alcanzado los 32-33 kms/hora en llano – según el cuantakilómetros de Daniel- y con tan sólo dos bajadas de la bici en cuestas pequeñas pero muy empinadas.

Track de la ruta

Día 6

Parto temprano de casa en coche para dejarlo cerca de la estación de autobuses de Málaga, en un sitio bien visible. La bici va empaquetada en film de cocina con el casco y el equipaje incluido. Entro en la estación a las 6:30 y veo inmediatamente a Javier. Nos saludamos, desmonta su bici y la introduce en la bolsa de Alsa mientras comprobamos que Tere no ha llegado. Llamamos a Daniel y nos confirma que sale con nosotros, mas no me quedo tranquilo hasta las 6:50, que llega con la bici sin desmontar. No habría problema, ya que aunque faltaban 10 minutos para salir, el autobús iba vacío y la bici la pondríamos en el maletero sin bolsa ni nada, sobre mi bici.

Ya dentro del bus, charla de conocimiento (Tere y Javier ya se conocían de hace tiempo). La coincidencia hizo que los tres tuviésemos origen en el barrio de Ciudad Jardín y acudiésemos al colegio Sagrada Familia; también hablamos de la tienda de bicis en internet que Javier va a “montar”,de la familia, los trabajos y así, casi sin darme cuenta, llegamos a la estación de autobuses de Granada.

Rajo el film con una pequeña hoja de cúter que siempre llevo a modo de navaja, montamos las bicis y salimos con bastante frío. Nos dirigimos a El Corte Inglés, guiados por el gps, donde nos reunimos con Daniel y Miguel – que salieron de Málaga en bici dos días antes -. Andamos unos metros y tomamos un café en el bar d’platos, al amparo del poco calor que desprendía una chimenea en la terraza. Intentaba hablar con los compañeros y casi balbuceaba del frío que había cogido en tan sólo cuatro kilómetros de bicicleta.

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Foto de rigor y comenzamos la ruta por carretera – yo ya más abrigado – sobre las 10:30 (tarde para ser invierno).

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Pasamos Armilla y Alhendín y al rato Javier siente los primeros signos de lesión en su rodilla. Sobre la mitad de la subida grande del día y antes de desviarnos hacia una pista, decidimos parar en la Venta del Fraile para descansar con el fin de aliviar el dolor de rodilla con una pastilla de ibuprofeno y crema (casi lo masajea la camarera), y aprovechamos para tomar un refrigerio. Una chica llora desconsolada, sin que un guardia civil pudiera aliviar su desdicha… todos callados, todos sintiendo no poder ayudar. En la venta nos aconsejan no tomar la pista por la cantidad de barro existente tras las anteriores lluvias … y además por la lesión y las cubiertas finas de la bici de Miguel, decidimos rodear por carretera el tramo de pista.

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En este rodeo tenemos que subir un buen rato y la bajada es larga y con frío hasta Jayena.

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Por consejo de una pareja mayor, comemos en el restaurante-hostal El Nota.

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Tomo sopa de picadillo, patas de calamar, patatas y huevo frito. Comida casera buena al calor de un chimenea que alivia sólo en parte el frío de la bajada. El servicio muy correcto, y contamos con la amabilidad de poder meter las bicis en el garaje, tras sacar un vehículo. Como ya contábamos con llegar de noche, no tardamos demasiado en almorzar para no alargar más el “sufrimiento”.

Atravesamos Fornes, con sus empinadas cuestas, pasamos casi tangencialmente el embalse de Los Bermejales y al vadear el río Játar mi rueda delantera resbala con el musgo, pongo el pie y casi voy al suelo, que fue lo que le ocurrió a Tere, que en vez de mojarse el pie como yo, topó con todo su cuerpo en el lecho del río … se lo toma con humor a pesar del dolor y quedar mojada.

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Sonrisas tras el batacazo.

Nos aconsejan unas lugareñas y, tras unas rampas cementadas, ascendemos por pistas atardeciendo. Javier y Miguel se adelantan y tomamos su camino hasta la carretera, momento en el que ponemos las luces y continuamos por asfalto hasta llegar ya de noche a la presa del río Alhama, en la que dejamos a nuestra izquierda la pista por la que hubiésemos venido recorriendo el río de no ser por la lesión, el barro y la noche. Transitamos por las últimas subidas y bajadas hasta parar en el último sitio de reunión, donde ya alguno pedía pausa. Tere y yo íbamos mojados, y yo casi no sentía los pies por el frío y el agua. Finalmente seguimos “del tirón”, y menos mal, porque al día siguiente la bici de Tere estaba pinchada, o mejor dicho, la cámara estaba rajada.

La lesión ha ido aguantando más o menos y todo seguía bien. Al llegar a la habitación, justo bajo los jabones, había sangre seca y se comunica al hospedero. Javier me deja unas zapatillas de esas de goma para las rocas de la playa, y salimos mientras mis zapatillas y calcetines se secan en el radiador.

Tras una pequeña vuelta en busca de buen sitio, cenamos en la bodega que hay junto al hostal. La simpática señora alimenta el brasero con resplandecientes ascuas y apreciamos muchísimo el cambio de temperatura en aquella mesa de camilla adornada con el típico tejido rural – idéntico al de las Alpujarras – y a juego con las cortinas de aquella bodega. Chistes de Miguel, conversaciones y risas amenizan las tapas y platos, que regábamos con cervezas. Terminamos con una copa y unas ganas de juerga por mi parte – y creo que por otro más – . Lo prudente fue dormir y no insistí.

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La habitación no ha sido de las mejores que he tomado, pero al menos al llegar ya habían limpiado la sangre del lavamanos.

Día 7

Sobre las 8:00, recogí todo en un “santiamén” debido a mi escaso equipaje. La sangre resultó ser de un pájaro muerto del entretecho – esa fue la explicación del hostalero – , si bien yo me seguía cuestionando el porqué de aquella mancha redonda en el espejo situada a unos 50 ó 60 cms. de altura sobre el lavamanos y de muchas motitas pequeñas, que parecían salpicaduras, situadas a un metro “y pico” a la izquierda de la gota del espejo. Era sangre y parecía no provenir de un rebote del lavamanos, y mucho menos de haber caído directamente del techo. Era de sangre, o al menos del mismo color de la sustancia del lavamanos, y al ser completamente redonda y de unos tres o cuatro milímetros no podría provenir de arriba ni de abajo, al igual que tampoco las motas de la pared … no comenté esto con nadie y lo dejé pasar, pero fue algo sospechoso y digno de una novela de Agatha Christie.

Tomo el desayuno, repito, y cambiamos la cámara – rajada al parecer por la cinta que la proteje de la llanta -.

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Salimos por carretera en subida larga, aunque tranquila y de poca pendiente, hasta puerto Navazo, donde hacemos un pequeño descanso y reunión.

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Vimos escarcha en la tierra y charcos helados en un pequeño llaneo mientras la lesión seguía con su tregua y parecía que Javier llegaría a casa sin mayores problemas.

Tras el llaneo, transitamos por una larga y fría bajada, preciosa, hasta el cruce con la pista que discurre por el arroyo El Robledal, zona por la que hubiéramos ido este día si hubiésemos tomado la ruta prevista.

Nos dirigimos ya rectos por los Llanos de Zafarraya hasta Las Ventas, donde giramos al Sur para atravesar la localidad, pasar por el famoso Boquete, y comenzar el largo y ventoso descenso hacia la costa.

Sobre la una del medio día y antes de llegar al embalse de La Viñuela, nos planteamos comer algo, ante la petición de Javier, pero decidimos seguir un poco más para más tarde detenernos de nuevo en el cruce de Comares, en la venta El cruce. Sin embargo, continuamos y finalmente acabamos donde estaba previsto inicialmente, en Torre del Mar. Como era domingo y los típicos restaurantes de “pescaitos” estaban llenos, fuimos al mejicano del camping Torre del Mar, por recomendación de Dani. No estuvo mal, si bien no soy “amante” de este tipo de comidas. Probé las enchiladas y tomamos unas coronitas.

La rueda trasera de la bici de Tere pierde aire de nuevo, pero inflamos y seguimos directos hacia Málaga, sin parada alguna, y consiguiendo llegar ya anocheciendo y sin haber tenido que inflar más la rueda.

Acabamos con una foto en el parque.

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Nos despedimos y continúo un rato con Javier por carril bici, esquivando gente que estaría viendo el encendido del alumbrado de Navidad. Nos separamos en una bifurcación del carril y veo enseguida al coche, ya con esa pena que llega cuando vas terminando algo que te gusta.

Una vez en casa … familia, ducha y relajación… ha sido una ruta distinta, tranquila, muy bien acompañada y disfrutada.

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