Transcantábrica. Etapa 4: El Coto de Somiedo – Viadangos de Arbas.

  • Etapa realizada el 16/8/2015.
  • Desde El Coto a Viadangos de Arbas.
  • Recorrido de 72,5 kilómetros.
  • 2729 metros acumulados de subida.
  • Altura máxima 1801 metros.
  • Subidas de entre el 15 % y el 30 % de desnivel: 2475 metros (3,41 % del total del día).
  • 2440 metros acumulados de bajada.
  • Altura mínima 834 metros.
  • 9 horas y 46 minutos en movimiento.
  • Dificultad de la ruta: 195 IBP.

 

Track de la etapa

Abro los ojos y está casi oscuro. Aguanto un poco porque no tengo coraje para salir del saco, así que vuelvo a cerrar los ojos … se está muy bien, calentito. Amanece nublado – cómo no – pero al menos no ha llovido.

Me viene el valor y me levanto, quiero salir pronto. Agito el cuerpo para coger algo de calor y me tomo la escasa comida que me quedaba – por la noche también cené poco -, racionando al máximo porque este cuarto día tenía que ir sin comida hasta San Emiliano, donde encontraría los servicios de la civilización.

Recojo tan pronto como puedo y empiezo a subir durante cinco minutos con cierta energía para calentar el cuerpo. Con todo el abrigo encima, no tuve que quitarme prenda hasta una hora u hora y media después.

En la ascensión tengo que pasar por senderos y empujar la bici, pero bien, no hay demasiada dificultad. Llego a Valle de Lago, donde parece que hay turismo (seguramente para ver los lagos cercanos), y desciendo para tomar la variante cicloturista de la guía, con el fin de acercarme a parte de los lagos. Se nota el cambio de ruta: subida en progresión lenta por carretera buena y con una pendiente aceptable, aunque al final del puerto aumenta el desnivel y se termina haciendo muy duro … siendo carretera no hay problema. No obstante, me vi obligado a parar y reponerme con mucha zarzamora porque el cuerpo notaba la escasez de la cena y el desayuno.

Subida del puerto, parte final.
Subida del puerto II.

Una vez arriba, hablo con unos ciclistas que subieron y me confirman que el lago está cerca. Desciendo y en seguida llego en bajada al lago y a un mirador, junto con un rosario de senderistas que dejaron el coche en el puerto.

Retrocedo hasta el puerto y mi cuerpo se encuentra suficientemente fuerte para llegar al siguiente pueblo donde seguro que encontraré alimentos. Hasta San Emiliano es todo descenso (aunque en montaña esto puede ser relativo).

En ese momento se estaba bien, pero no sé qué pasó que fue entrar en León y la temperatura se vino un poco abajo. Influiría en esta sensación que estaba descendiendo, pero más tarde en llaneo seguía con ese fresquito un poco molesto. La pista era buena y me conectó con la ruta trialera de la guía de Juanjo Alonso que había dejado antes del subir el puerto.

Paso varios pueblos y llego a mi destino más urgente: San Emiliano. Hago una compra que me durase, pues no habría más tiendas en mucho trayecto, salvo algún bar, que podría estar cerrado. Paso Pinos y en una curva de la pista almuerzo con vistas al valle, ya con buena temperatura.transcantabrica etapa 4 el coto de somiedo viadangos de arbas (7)

Continúo ascendiendo por la pista, cambio a senderos con mucha vegetación difícil de atravesar. Me meto otra vez en niebla y todo está mojado. Pierdo varias veces el camino, que a veces está marcado y en ocasiones desaparece del todo.

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Bajando, más lo mismo; algunas veces tengo que desmontar debido al terreno irregular. Paso junto a un gran rebaño de ovejas, y cuatro mastines y un chucho se acercan ladrando. No paro, voy más despacio mientras pienso qué hacer. Ya han llegado a mí, me cercan, me cago (con perdón) y por mirar hacia adelante y hacia atrás, muevo en exceso el manillar y me doy un batacazo. Mientras caía, intentaba no llegar al suelo o al menos no quedar muy bajo, porque tenía cinco cabezas a un metro de distancia y creía que mientras más bajo, los perros más se crecerían y más indefenso estaría. No lo pude evitar y caí, pero brinqué de inmediato para no sentirme vulnerable. No pasó nada (como casi siempre), y el pastor, que venía de lejos hacia mí, se “parte” de la risa y me grita ¿porqué no te compras un avión? Ja y ja. En ese momento no sabía si reírme con él o si echarle abajo los pocos dientes que le quedaban. Bueno, lo procedente era reírme y estuvimos un rato hablando de bicis y psicología de perros. Me explicó que a partir de ese momento no podría ir montado en la bicicleta, porque la bajada seguía por un arroyo con agua y tendría que ir 15 minutos andando. Debe de estar muy acostumbrado, porque yo tardé mucho más del tiempo que me dijo.

Llego a pista, es ancha, con mucho desnivel e invita a rodar ligero, pero me lo tomo con cautela, pensando en las consecuencias de una caída (sobre todo en esta jornada).

Abajo, paso por encima del túnel de una autovía y subo hasta los 1400 metros. Entonces cojo niebla y empiezan los 400 metros de desnivel más duros de toda mi vida.  Niebla, todo mojado, piedras, matas, arbustos y terreno muy inclinado. Tengo que ir apartando vegetación, dando rodeos,  con  la bici al hombro y hasta tirándola sobre vegetación (para que llegase donde yo no podía llevarla).

El último kilómetro de ascenso al pico fue lo peor: todo ese tramo es de desniveles de entre el 25% y 30%. Y lo peor era que en ocasiones no podía pasar por la vegetación (tampoco veía por la niebla) y otras veces no podía subir por la inclinación y el suelo, que era de de pizarritas pequeñas que impedían al pié agarrarse. Apenas podía subir, resbalaba, y llegué a estar totalmente extenuado. Con todo esto, ya habían pasado las 8 de la tarde y me faltaban 100 metros desnivel  (que pensaba tardaría al menos media hora, si es que conseguía subir). Estaba a 1700 metros y tenía que llegar a los 1800, y no sabía cómo sería el descenso – pues yo quería descender a toda costa, porque quedarse a esa altura, que hace más frío, con mal tiempo, todo mojado, sin ver nada y a merced del viento, eran cosas que no me apetecía mucho -.

Pues en los 1700 metros llego al momento de la desesperación: no puedo pasar, no puedo subir … ¿qué hago? Miro y remiro el gps, y me planteo dar un rodeo por otra vía que me ofrece el mapa (sacada de otro track de internet), pero desecho la idea porque no se veía la zona por la niebla y parecía que en principio bajaba con mucha pendiente, y caer, o que se cayese la bici o la mochila (incluso perderla en la niebla) sería fatal. Además, el peligro de cambiar de un track del que me fiaba a otro que no conocía me terminó de convencer.

Paro, respiro profundamente varias veces y, para relajarme, se me ocurre coger el móvil y sacar una foto de la situación. Me reseteo, bajan las pulsaciones y poco a poco empiezo a avanzar y en unos veinte minutos estoy arriba.

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Foto del relax.

Llaneo y me impaciento: ¡quiero bajar! Comienzo a descender con frío por una pequeña vaguada con piedras, matas, charcos y niebla. Escaseaba la luz, tropezaba y pisaba agua. Hablaba en alto – me ayudaba – mientras buscaba algún sitio decente para pasar la noche (plan B), pero todo estaba muy expuesto y mojado. Prosigo y con gran alegría desemboco en una pista. Bajo lo justo de rápido para no matarme ni atropellar entre la niebla a aquellas vacas que se empecinaban en no salir de la pista.

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Me descuelgo de la niebla: se ve muchísimo mejor y hay más claridad. Me apresuro y a los 1300 metros altura encuentro junto a la pista una especie de picadero para marcar animales (o algo así) que disponía de un techado que me protegería esa noche.

Hacía algo de viento, y por si aumentaba, monté unos cortavientos con unos plásticos. Aparté unas cuantas boñigas secas, instalé el chiringuito, cené y cojí el sueño de inmediato con el murmullo de un río de fondo.

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