Copenhague – París. La ruta.

Como ya indiqué en la entrada anterior, este año aparqué los viajes montañeros y me decidí por el asfalto, trazando un itinerario de ciudades y lugares que me apetecía visitar y conocer en la medida de lo posible. No obstante, la belleza también ha pasado por mis ojos, aunque generalmente a una altura por debajo de los 100 metros y que nunca alcanzó los 200.

2.400 kilómetros de recorrido entre poblaciones más otros cientos dentro de ellas, sobre todo en París, en la que estuve alrededor de una semana descubriendo cada rincón.

Comencé la ruta el 24 de agosto de 2016 sobre las 6:45 de la mañana en el tren de cercanías de Málaga-Fuengirola y la culminé en el mismo lugar el 17 de septiembre a medio día. He pernoctado en las ciudades de Copenhague, Amsterdam, Brujas, Gante y París, que son las que más me interesaban y el resto las he visto en el mismo día, entreteniéndome en algunas. He apurado bastante las jornadas de enlace entre poblaciones para disfrutar las ciudades de destino, aunque pausando en los parajes más interesantes, aprovechando a veces para comer y descansar.

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El tiempo ha acompañado mucho al principio, con jornadas de calor; para ser final de verano no ha llovido demasiado.

He realizado la ruta con simplicidad y de forma ultraligera, que es la filosofía de viaje que más me gusta, llevando la bicicleta como casi cualquier día (con frenos v-brake, horquilla sin suspensión, sin desviador ni cambio trasero, cubiertas mixtas, sólo un piñón y dos platos) pero añadiendo un portabultos muy ligero anclado al eje de los frenos traseros.

El peso del equipaje, de la bicicleta y el mío propio estuvieron muy contenidos. 11 kilos de bici, 5,5 kilos totales de equipaje (distribuidos en un petate trasero y tienda en el manillar) y los 63 kilos iniciales de mi cuerpo; total, unos 80 kilos sin contar agua y comida. Esos pocos kilos han hecho que me sintiera muy cómodo y estable al rodar, pero al mismo tiempo me he sentido muy seguro al llevar tienda en esta ocasión.

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Algunas noches montaba la tienda allí donde acababa el pedaleo, parando generalmente al anochecer y no siempre en lugares ideales. He dormido bastante bien la mitad de las veces. Llevé tienda, un saco ligero, algo de aislante (plástico de pintar fino y parasol de coche) y un tarp de repuesto a la tienda.

La ropa de abrigo ha resultado suficiente, sin haber echado de menos una chaqueta.

El recorrido no ha sido tan duro como en las rutas de montaña. Si bien casi todas las etapas han sido llanas, las pequeñas subididas me obligaban a ponerme de pie para no cambiar al plato pequeño, que en pocas ocasiones ha tenido de que emplear.

En cuanto a meteorología, los primeros días de la ruta ha sido soleados y calurosos (los lugareños decían que era una ola de calor). Las noches tampoco han sido frías y ha llovido unos cinco o seis días, sin que me hayan retrasado mucho.

He transitado mayormente por carriles bici y carreteras secundarias, con algunas pistas y senderos.

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Excepto en París, casi todo el agua ha sido comprada en botellas – ya que no encontraba fuentes públicas – salvo las veces que he pedido agua (still water). Por ello tenía que estar atento a los puntos de abastecimiento (sólo dos veces he tenido que potabilizar agua), eliminar basura y pilas gastadas en sitios apropiados, ver el paisaje sin pausar mucho, atender la mecánica (incumplido), conocer la ruta para prever acontecimientos (incumplido), asearme sobre la marcha e ir lavando ropa, pedalear al caer el sol mientras buscaba un sitio decente y discreto (casi siempre difícil), y además no perder tiempo en todo ello.

No conocer bien la ruta y lo que me esperaba en cada jornada se puede considerar una torpeza, o una aventura, que es como yo lo tomo.

El pedaleo ha sido de sol a sol, sin descansos, salvo los ratos de disfrute del paisaje, de los entornos y pueblos, mientras tomaba las fotos y unos minutos para comer, o en los momentos de lluvia intensa. Me he recreado mucho en las ciudades, sobre todo en París.

Físicamente, solo he tenido varios días extenuantes, el resto han sido solo exigentes. Los días que permanecía en las ciudades eran el descanso de mis piernas, aunque descanso relativo, ya que a lo largo del día hacía muchos kilómetros dentro de la ciudad. La preparación ha resultado suficiente. Solo he sufrido una herida en la cabeza, sin importancia, aunque psicológicamente me afectó algo por el temor a las consecuencias.

Un día cerca de Amsterdam tuve miedo a no llegar. Con lluvia, en el extraradio de la ciudad, sin carreteras secundarias que tomar y anocheciendo…. llegar fue un alivio.

La mecánica ha aguantado a pesar del agua recibida, del barro y del bajo mantenimiento que le he dado a la bici. He tenido dos pinchazos, ambos en ciudad.

La alimentación ha sido abundante, muy calórica. Básicamente ha consistido en frutas, frutos secos, chocolate, galletas, pan, queso y pescado en aceite. No almorzaba, sino que conforme iba rodando paraba, sacaba algo, tragaba y seguía. Tenía prevista comida para cena y desayuno, salvo el día que no llegaba a Amsterdam y no llegué a tiempo, quedándome sin cenar y desayunar (hasta las 10) a pesar del esfuerzo de todo el día.

No he tenido problemas de orientación, salvo ese día llagando a Amsterdam. Más que nada, porque el gps me enviaba por vías sobre las que no podía transitar con bicicleta, lo que me hizo perder mucho tiempo y que acabara anocheciendo.

El viaje lo he hecho en solitario, sin que eso haya supuesto problema alguno, al contrario. En la primera parte del viaje (Dinamarca y Alemania) apenas encontré viajeros en bici; en la segunda algo más. Lo que sí abundaban eran ciclistas con alforjas para un día.

Los desniveles de subida han sido insignificantes, destacando algunos en Dinamarca por discurrir el recorrido por senderos sobre las pocas colinas que existen.

He perdido dos kilos. Ninguna caída.

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