Viaje Copenhague-París. Etapa 1: Copenhague-Copenhague

Inicio el viaje en el tren de cercanías Fuengirola-Málaga, apeándome en la estación del aeropuerto – hace no mucho reformada y soterrada – con acceso directo a la terminal de salidas del aeropuerto.
Llegado el momento procedo a facturar la bici y la paso sin problemas. Es un alivio, ya que aunque en teoría no debía haber problema por cumplir los requisitos de la compañía, siempre cabe la posibilidad de que te fastidien la mañana haciendo sacar equipaje de la caja y exigir facturar aparte cierto material por no considerarse propio del deportivo en concreto, como era en este caso la tienda.
Partimos sin excesivos retrasos, y no recurriendo al ordenador ni a la música, paso el tiempo con las vistas desde mi asiento de ventanilla. Un buen rato antes de llegar a Copenhague parecía que volábamos sobre nieve, ya que todo el suelo estaba cubierto de nubes bajas o niebla continua hasta llegar al aeropuerto de Kastrupse.
Recojo la caja, me aprovisiono de Coronas y una vez en el exterior me dispongo a armar la bicicleta. No había contenedores. Pregunto a un señor muy amable del aeropuerto y me dice que no hay nada apropiado para eso, aunque no obstante probara por otra terminal que me indicó. Finalmente encuentro un contenedor y me deshago del lastre.

Es entonces cuando miro hacia delante y siento el principio de la aventura. Tomo el primer carril bici de tantos que me encontraría en la ruta y cruzo autovías y vías de tren para llegar a la ciudad y dar una vuelta general – incluida una visita a la Sirenita -. Busco camping y llego a uno a las afueras de Copenhague, donde rápidamente hago la reserva y comparto unas palabras con el encargado y otro señor que hablaba español. Me comunico con Marta y elijo un sitio despejado para la tienda. A cierta distancia, me rodeaban un numeroso grupo de ecuatorianos de los que me advirtieron por el posible ruido; pero no, la noche sería tranquila.

Monto la tienda y me dirijo a la ciudad. Veo los exteriores de los lugares que tenía previsto. El centro de Copenhague, la estación central, Strøget, Castillo de Rosenborg y King’s Garden, el parque de Atracciones Tívoli, el barrio de Christianshavn, Radhuspladsen, plaza del Ayuntamiento de Copenhague. También Kongens Nytorv, la gran plaza ovalada con el Teatro Real, el canal Nyhavn, Frederiks Kirke, Tivoli (el parque de atracciones más antiguo de Europa), Iglesia de San Nikolai, el palacio de Christiansborg (sede del Parlamento de Dinamarca), Rundetarn, entre otros.

Es una ciudad muy bonita y fácil para ver en bici, y en la que reina el orden y el respeto entre vehículos, bicicletas y personas. Los parques están dedicados concienzudamente a las familias y abundan las camas elásticas

No pasa desapercibido la gran variedad de bicicletas, sobre todo esas que llevan un cajón delante y ahí sitúan a los niños para desplazarse. Otras más sofisticadas van tapizadas y bien terminadas, como carritos de bebés pero insertados en las bicicletas. Al principio lo encontré peligroso, pero conforme circulaba me daba cuenta de que en verdad era más seguro de lo inicialmente apreciado. Los vehículos son extremadamente cuidadosos con las bicicletas y ceden el paso con gusto y mucha antelación. Como es normal, las bicicletas tienen siempre preferencia en los cruces sobre las vehículos que yendo en el mismo sentido van a girar; pero era curioso ver como coches que me habían adelantado hace un tiempo esperaban en la curva hasta que yo llegase y siguiese o girase, para él continuar. Daba igual si tenían que esperar unos segundos hasta que yo llegase … esperaban y no pasaban aunque tuviesen tiempo. Eso es respeto al ciclista. Asi mismo, los ciclistas son muy respetuosos entre sí y con los peatones (no como aprecié posteriormente en Amsterdam). Siempre sacan la mano para girar y para detenerse a un lado, y al adelantar por la vía ciclista miran de reojo para comprobar que han rebasado completamente a la otra bicicleta. Sentí mucha seguridad por el comportamiento de las personas y – ¿cómo no – por la completa red de vías ciclistas que discurren por cualquier zona de la ciudad. Si acaso me sorprendió fue ver los ciclomotores por el carril bici, y digo ciclomotores refiriéndome a dos que vi en todo el día, ya que no abundan por esos lugares menos cálidos que España.


Me aprovisioné de comida y agua que, al abrirla sonó el “sssshhhhh” de los refrescos y me di cuenta de mi error; era agua con gas. Me ocurriría más veces en el viaje, unas veces por error y otras porque simplemente no había agua normal.
De noche llego al camping, me introduzco en la tienda, me meto en el saco y no recuerdo más, ni siquiera el estar tumbado en el sao. Debió de ser la madrugada del aeropuerto, que me dejó más cansado de lo que creía.

 

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